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Un antídoto al miedo y el sufrimiento, es recordar que todas, todos somos Budas. (Las tres Joyas)

Para nadie es indiferente que estos son tiempos de muchos cambios, además de crisis planetarias, desastres climáticos, desplomes financieros, crisis alimentaria, crisis energética, migraciones enormes de personas y claro por sobre toda de guerra, donde millones de personas sufren en este momento de hambre, miedo, muerte, incertidumbre y tantas emociones aflictivas, con las que convivimos todas/os hoy en nuestro cotidiano.


Por esto queremos compartir en nuestro primer post, de este nuestro nuevo sitio, que nos poner muy contentas/os, el que esperamos sea otro medio para llevar Dharma a muchas personas. Este extracto del Capítulo 2 del Libro Ser Paz y el Corazón de la Comprensión (comentarios del sutra del corazón), que aunque escrito hace tantos años por nuestro querido Thich Nhat Hanh nos parece tan contemporáneo y necesario de recordar como un antídoto para tanto sufrimiento.




Las Tres Joyas


A muchos nos preocupa la situación mundial; no sabemos cuándo estallarán las bombas. Sentimos que estamos en el fin de los tiempos. Como individuos, nos vemos impotentes, desesperanzados. La situación es muy peligrosa, la injusticia está muy generalizada, el peligro es inminente. En esta situación, si somos presas del pánico las cosas empeorarán. Necesitamos conservar la calma, ver con claridad. La meditación es tener conciencia y tratar de ayudar.


Suelo utilizar el ejemplo de una pequeña barca que cruza el Golfo de Siam. En Vietnam hay muchas personas, a quienes llamamos la gente de las lanchas, que abandonan el país en naves semejantes. A menudo, las lanchas quedan atrapadas en mares agitados o tormentosos, las personas son presas del pánico y ocasionan el hundimiento de la nave. Pero si cada persona que se encuentra a bordo conserva la calma, la lucidez, saber qué hacer y qué debe evitar, podrá ayudar a la supervivencia de la embarcación. Su expresión —del rostro, de la voz— comunica claridad y calma, y la gente confía en esa persona; escuchan lo que dice. Un individuo así puede salvar muchas vidas.


El mundo se parece a una pequeña barca; comparado con el cosmos, nuestro planeta es una embarcación muy pequeña. Estamos a punto de sufrir pánico porque nuestra situación no es mucho mejor que la de la lancha en una tormenta. Todos sabemos que existen más de 50.000 ar-mas nucleares en la tierra; la humanidad se ha convertido en una especie muy peligrosa. Necesitamos individuos que puedan sentarse en calma y sonreír, que puedan caminar en paz. Requerimos de personas así que nos salven. El budismo Mahayana dice que tú eres esa persona, que cada uno de nosotros es esa persona.


Tuve un estudiante llamado Thich Thanh Van, quien ingresó en el monasterio a los seis años de edad, y a los 17, comenzó a educarse conmigo. Después fue el primer di­rector de la Escuela de Jóvenes para Servicios Sociales, don­de dirigía a miles de jóvenes que trabajaron durante la gue­rra de Vietnam en la reconstrucción de poblados destruidos, y la reubicación de decenas de miles de refugiados que hufan de los frentes de lucha. Murió en un accidente. Yo estaba en Copenhague cuando me enteré de la muerte de mi estudiante; fue un monje muy bondadoso y valiente.


Cuando era novicio, tenía seis o siete años, vio que la gente acudía al templo llevando pasteles y plátanos co­mo ofrenda al Buda. Quería saber como el Buda comía plátanos, así que aguardó a que todos volvieran a casa y el templo estuviera cerrado; entonces miró por una puerta entreabierta y aguardó a que el Buda alargará la mano, tomara un plátano, lo pelara y procediera a comerlo. Espero mucho tiempo, pero nada ocurrió. Al parecer, el Buda no comía bananos, a menos que se hubiera percatado de que alguien lo espiaba.


Thich Thanh Van me contó varias anécdotas de su juventud. Cuando descubrió que la estatua del Buda no era el propio Buda, comenzó a preguntar dónde se encontraba, porque no le parecía que los Budas vivieran entre los humanos. Concluyó que los Budas no deben ser muy agradables, ya que cuando la gente se convertía en Buda, nos abandonaba para morar en un país lejano. Respondí que nosotros somos los Budas; qué están hechos de carne y hueso, no de cobre, plata u oro. Expliqué que la estatua del Buda es solo un símbolo del Buda, de la misma manera que la bandera estadounidense es un símbolo de los Estados Unidos. La bandera norteamericana no es el pueblo de esa nación.


La palabra buddh significa despertar, saber, comprender; aquel que despierta y comprende se denomina Buda; es así de simple. La capacidad para despertar, comprender y amar se llama naturaleza búdica. Cuando los budistas dicen: “Me refugio en el Buda”, expresan su confianza en la capacidad personal para comprender, para despertar. Los chinos y vietnamitas dicen: “Vuelvo y dependo del Buda que hay en mí.” Al agregar las palabras: “en mi” queda muy claro que el individuo mismo es el Buda.


En el budismo existen tres gemas: Buda, el que ha despertado; Dharma, el sendero de la comprensión y el amor, y Sangha, la comunidad que vive en armonía y con conciencia. Las tres están interrelacionadas y, en ocasiones, es difícil distinguirlas entre sí. Todos tenemos la capacidad para despertar, comprender y amar; por tanto, el Buda se encuentra en nosotros, y de la misma forma incluimos al Dharma y la Sangha. Explicaré un poco más estos aspectos, pero antes quiero decir algo referente al Buda, aquel que desarrolla su comprensión y amor en el nivel más elevado (en sánscrito, prajha es comprensión y amor es karuna y maitri).


La comprensión y el amor no son dos cosas, sino una misma. Supongamos que tu hijo despierta una mañana y se da cuenta de que ya es tarde. Decide despertar a su hermana menor, darle suficiente tiempo para desayunar antes de ir a la escuela. Sucede que la niña está irritable y en vez de decir: “Gracias por haberme despertado”, pro­testa: “Callate! y ¡Déjame tranquila!”, y le da un puntapié. Es probable que el chico se enfade y piense: “La despertó de buena manera. ¿Por qué me patea?” Quizás vaya a la cocina y cuente a sus padres lo sucedido, o incluso devuelva el golpe a su hermana. Sin embargo recuerda entonces que durante la noche la niña tosió mucho y comprende que debe estar enferma. Quizás está resfriada, tal vez por eso actúa con tal brusquedad. El niño olvida su enfado; es en ese momento cuando hay buddh en él, pues comprende, ha des­pertado. Cuando uno comprende, es inevitable que ame; no podemos sentir enfado. Para desarrollar la compresión, tenemos que practicar mirando a todos los seres vivos con ojos compasivos. Cuando comprendemos, amamos; y cuando amamos, actuamos de tal forma que podemos aliviar el sufrimiento de las personas.


Alguien que despierta, que sabe, que comprende, se denomina Buda. Buda es cada uno de nosotros; todos tenemos la capacidad para despertar, comprender y también para amar. A menudo explicó a los niñas/os que si sus padres son comprensivos y amorosos, si trabajan, cuidan de la familia, sonríen, son bondadosas/os y hermosas/os, como flores, pueden decir: “Mami (o papi), hoy eres Buda.” ...


Thich Nhat Hanh - Ser Paz y el Corazón de la Comprensión (comentarios del sutra del corazón)




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